miércoles, 10 de marzo de 2010

Rabia

Quizás no es el momento más adecuado para escribir un post, me estoy dejando llevar por mis emociones que no son especialmente positivas. Siento rabia, rabia porque parece que he entrado en una racha en la que todo me tiene que salir mal.

Sé que no me he molestado en hacer nada por conseguir a Mario. Sí, es verdad, no ando muy espabilada últimamente, pero también pensaba que con el tiempo encontraría el empujoncito necesario para lanzarme a por él.

Pues bien, se ha cruzado entre los dos una tercera persona. Sí, el tipo de tía que nunca pensé que a él le interesaría. La típica que se dedica a zorrear con todos y cada uno de los tíos que se le ponen por delante y nos mira a las demás con gesto de superioridad, como si estuviésemos en un concursito para ver quien la más estupenda del universo.

Me ha tocado estar aguantando las risitas que se traían entre los dos, mientras me cagaba en todos sus muertos y me mordía la lengua hasta hacerme daño para no soltar las lindezas que se me pasaban por la cabeza. Porque no, no pienso perder la compostura por una chavala digna de concursar en Gran Hermano, que a algunas todavía nos gusta que se nos vea y se nos trate como señoritas. Así que he mantenido la sangre fría aunque la tuviese hirviendo por dentro y he pasado el trago como he podido.

Eso sí, ya estoy maquinando mi venganza…

lunes, 8 de marzo de 2010

Silencio

Hay veces en que no son necesarias las palabras para decir lo que sientes. Una mirada puede expresar más y mejor determinadas emociones que un largo discurso. Es difícil expresar sentimientos con palabras, pues la profundidad de estos hace que muchas veces se queden cortas o no sepamos elegirlas adecuadamente. Pero los ojos no engañan al que sabe leer en ellos.

Un simple gesto puede decir mucho. Un abrazo, una caricia, llegan a significarlo todo. También se puede romper el corazón a alguien sin abrir la boca. Un silencio en un momento clave, dice todo lo que no nos atrevemos a expresar hablando. Porque, en ocasiones, es más fácil callarse que dar una larga explicación.

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Cuántas veces lo habré dicho todo en silencio…

miércoles, 3 de marzo de 2010

Los fantasmas del pasado (2ª Parte)

No pude resistir la tentación y le llamé. Necesitaba oír su voz una vez más, saber que sigue ahí, aunque ya no le vea. Que sólo necesito buscar su nombre en la agenda del móvil y al poco ya está al otro lado, como si nada hubiera pasado.

No, no quedamos, ni tengo intención de ello. Una cosa es hablar y otra muy distinta que nos veamos, porque entonces sé que seré incapaz de controlar la situación, y no me gusta que las cosas se me escapen de las manos. Pasar unos minutos hablando y riendo es fácil cuando sabes que lo único que puedes hacer es eso, hablar. La otra persona está lejos de ti, al fin y al cabo. Pero, cuando te encuentras con el otro frente a frente y basta con que estires un poco el brazo para poderle tocar, entonces, las cosas son de otra manera. A eso sí que no me quiero enfrentar. En este caso prefiero ceñirme a la prudencia. Tuvimos nuestro momento, pero ya pasó. Y, como se suele decir, segundas partes nunca fueron buenas (y menos teniendo en cuenta nuestro historial).

Esta mañana he estado pensado en el tiempo que hace que no estoy con nadie. No es sólo que no intente acercarme a ningún hombre, sino que tampoco dejo que nadie se me acerque. Tengo puesta durante todo el día mi máscara de mujer fría y distante. Cuando me hablan soy correcta, sonrío, pero no doy pie a entablar una conversación. Enseguida corto como puedo y sigo a lo mío.

Incluso con Mario (el chico del gimnasio) soy así. No lo hago adrede, es que no puedo evitarlo. Dice que últimamente apenas hablo y es verdad. Me sigue gustando a rabiar pero, simplemente, no encuentro nada que decirle. Incluso cuando hace algún comentario que podría aprovechar rápidamente para tirarle los trastos, sólo me sale sonreírle. Es como si me hubiese resignado a no tenerle y no está bien. Llegará el día en que se aleje de mi vida y me arrepentiré como una tonta por ni siquiera haberlo intentado.

sábado, 27 de febrero de 2010

¿Y ahora qué?

Ayer estuve dando un paseo por mi Universidad. Sí, tanto tiempo deseando perderla de vista y ahora me voy allí por amor al arte, pero ha sido mi forma de despedirme. Sé que tendré que pasarme alguna vez por allí pero, como nunca va a volver a ser igual que antes, esta ha sido mi forma de decirle adiós (o más bien hasta luego) a todo lo que he vivido entre esas paredes, bueno o malo.

Estoy en un momento de incertidumbre porque, por un lado me moría de ganas de tener por fin el título y hacer cosas nuevas, pero por otro me siento como una niña abandonada a la puerta del colegio, pensando ¿y ahora qué?

Que sí, que toca buscar trabajo, pero nunca he tenido del todo claro hacia cual de las diferentes orientaciones de mi carrera arrimarme y sigo exactamente igual. El otro día un ex-profesor me preguntaba en qué me gustaría trabajar y mi cara debió ser un poema, sólo supe decirle: “no sé, es que ando un poco perdida”. El tío debió pensar: “Pues muchacha, ya va siendo hora de que te decidas”, pero no lo dijo, se limitó a comentar que si necesitaba algo me pasase por el departamento.

Luego están los tres o cuatro personajillos que se empeñan en amargarme la vida y ponerme los nervios a flor de piel metiéndome prisa con que empiece a mandar currículos. Que se pensarán que porque me repitan las mismas frases todos los días les voy a hacer más caso, pues no, lo único que van a conseguir es que los mande a la mierda y me quede tan campante.

Pelín indecisa que es una… y pelín pesada que es la gente.

martes, 23 de febrero de 2010

Los fantasmas del pasado

De vez en cuando alguno de los fantasmas del pasado se decide a hacerte una visita. Esta vez ha sido una de las personas a las que más he querido en toda mi vida y quizás también por quien más he llorado.

Nos conocimos al empezar la universidad. Él era uno de esos chicos que resultan irresistibles, ya no por tener un físico impresionante, sino por la seguridad y el morbo que desprenden. Se fue derecho a por mí desde el principio y yo no pude o no quise resistirme a sus encantos. Estar con él suponía olvidarse del mundo completamente. Podía pasarme una noche entera simplemente besándole, no me cansaba. Cada vez que sus padres se iban el fin de semana me llamaba, cogía mi coche y me plantaba en la puerta de su casa. Poníamos una peli que nunca veíamos y nos pasábamos la noche en vela. Me besaba con pasión y me acariciaba con todo el cuidado del mundo, tocándome apenas con las yemas de los dedos, como si me fuese a romper. Le encantaba que fuese dulce y tierna con él y se acurrucaba entre mis brazos como un niño. Sí, era un niño que se transformaba en un hombre cuando hacíamos el amor. Entonces dejaba de ser dulce y se lanzaba sobre mí con ansia, mordiéndome, arrancándome la ropa y diciéndome palabras obscenas. Por la mañana no me quería dejar marchar. Me envolvía entre sus brazos, cubriéndome de besos, diciéndome lo mucho que le gustaba. Me subía al coche e iba todo el camino recordándole, flotando en mi nube, sin importar el cansancio ni que al día siguiente tocase levantarse otra vez a las 6.

El problema era que, fuera de esos momentos, nos llevábamos a matar. Discutíamos, nos mentíamos, día a día nos hacíamos más y más daño, pero nuestras discusiones siempre terminaban comiéndonos con más ansia cada vez. Le quería y a la vez le odiaba, no podía vivir sin él pero a veces repudiaba su presencia. Algo parecido debía sentir él. El tiempo nos fue alejando, cada vez nos llamábamos menos, hasta que perdimos el contacto por completo.

Hace unos días se enteró de que he terminado la carrera y decidió llamarme. Creí que le había olvidado, pero hablar con él me hizo ver que todavía siento el mismo cosquilleo cuando escucho su voz, sólo le había dejado escondido en un rincón, dispuesto a salir en cualquier momento. Quiere que nos veamos, que recordemos esas noches en su casa, dice que me desea y que quiere estar conmigo. No puedo negar que tengo ganas de tocarle otra vez, de saber cómo le ha cambiado el tiempo que ha pasado lejos de mí, pero me temo que si lo hago voy a volver a sufrir por él. Sí, me sentiré de nuevo en una nube entre sus brazos, pero tarde o temprano volverá la sensación de impotencia, el querer y no poder, el te amo pero no puedo tenerte cerca. No me siento capaz de acercarme a él de nuevo, al menos no todavía…

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